¡Deja de mirarla así hombre! -
El siempre aclaraba, el día que eche una sola mirada, apenas, aunque sea de reojo, me atrevo y le largo todo lo que siento por ella.
Pero nunca lo hizo.
Siempre que ella salía de su casa, el dejaba de lado lo que estuviese haciendo, lo que fuera, y se ponía a un costado de su camino, y ella pasaba y el corría de nuevo y volvía a ponerse y ella pasaba de nevo y así hasta tan largo fuese su camino y pudiese hacerlo, esperando aquella mirada.
Pero nunca llegó.
La segunda fue que trabajando en los campos de un señor muy rico y poderoso, conoció a un caballero de aproximadamente su edad y no dejaba de hablarle. Él no sabía escribir ni leer pero de tanto escuchar a este hombre ya conocía dos nuevas palabras: Anarquistas y FAI, y aunque no entendía bien de que se trataba, por educación escuchaba a ese tío que tanto le gustaba darle a lengua.
Después de haber recibido de aquel varios panfletos y unos cuantos diarios, aunque con vergüenza, se sintió en la obligación de decirle su condición de analfabeto, esperando que este se enfurezca, pero no ocurrió eso, sino todo lo contrario, se echó a reír a carcajadas, y palmeándole el hombro, díjole alegremente:
¡Bueno, por fin dijiste algo! temía que fueses mudo o algo así, pero lo que te pasa a ti se remedia muy fácilmente. -
Así aprendió a leer y a escribir, y a comprender mejor de que se trataba el anarquismo y que era la FAI y también la CNT y la lucha campesina. ël escuchaba atentamente todo lo que le enseñaba este tipo, salvo cuando aparecía ella. Allí se acababa todo y salía disparado a ver a su amor secreto. Claro secreto para ella, porque todo el pueblo se daba cuenta.
Inútil fueron los argumentos del tipo para persuadirlo de que deje ese intento, le hablaba de que ella pertenecía a otra clase social, y trataba por todos los medios de influenciar en contra de la dama. Pero era inútil, él estaba enamorado.
Pasaron así dos años, largos muy largos dos años en que se sintió muy atormentado por las dos circunstancias: su amor que nunca le dirigía la mirada y la explotación que lo humillaba día a día cuanto más comprendía de que se trataba el anarquismo y la lucha por la justicia y la equidad.
Cada día le costaba más y más levantarse a la mañana para ir a prestar servicio al campo de su explotador y el dinero que no alcanzaba para nada, y menos para vestirse como el creía que le hubiese gustado a ella.
Fue un día que el capataz tuvo malos modales con él y tragando saliva pensó que no tenía la suficiente valentía para imponer el respeto que sentía que merecía su persona, pero no soportando la humillación, soltó la herramienta que llevaba en la mano y cabizbajo comenzó a caminar sin prestar atención a los gritos de su superior que le amenazaban con perder toda posibilidad de cobrar, incluso lo trabajado días anteriores si se retiraba en rebeldía.
No miró hacia atrás ni una vez, se fue como perro con la cola entre las patas por entre los surcos y ni su amigo el hablador pudo detenerlo diciéndole que debía quedarse a luchar y no retirarse como un cobarde.
Triste y solo en el pueblo, decidió ir a la iglesia y sentarse en la puerta para ver cuando pasara ella. Ahí quedo en silencio como siempre con su gorra en la mano y distrayendo sus ojos y pensamientos hacia cualquier parte sea un insecto insignificante o el cielo y simplemente cualquier movimiento.
A la hora de la misa, tuvo un despertar repentino pensando que ella se dejaría ver en cualquier momento y la gente comenzó a entrar y sorprendido le ponían monedas en su gorra, las que no vendrían mal aunque el jamás se hubiese atrevido a pedirlas.
Con el gorro bien apretado entre sus manos, se dejó ver aquella mujer con su vestido colorido y tan hermoso y sus peinados tan perfectos y era fácil saber que venía por tanta personas que la rodeaban y al estar tan cerca, tuvo el impulso de colocarse en el medio del camino, cerrando la posibilidad del paso, pero mientras lo pensó ella ya había pasado como siempre sin echar mirada.
Y allí estuvo por horas y horas de todos los días su amigo el hablador tratando de convencerlo para abandonase ese lugar y dejara de mendigar aunque él nunca había se atrevido a pedir nada.
Aunque ya su amigo no lo visitaba tan a menudo, de vez en cuando le llevaba algún libro para que leyera en su espera y el lo hacía sobre todo en la siesta que nadie había ya en la calle del pueblo.
Así pasó mucho tiempo en el que había leído tanto que era capaz de dar un discurso anarquista en cualquier plaza, pero su avaricia de palabras y cansancio de lengua no le permitían semejante ejercicio.
Desde la iglesia podía ver muy bien los movimientos que sucedían en el pueblo, y cada día del mes de Julio fue agitado de reuniones y corridas y hasta se escucharon tiros.
Fue un 19 de Julio, que muchas personas del pueblo festejaban y gritaban, cuando los curas abandonaron la iglesia y su amada huía con toda su familia y el corrió algo tratando de alcanzar a ese carruaje, pero sin fuerza como dejándolo ir.
Volvió caminando triste, soportando el llanto interior, había perdido lo que mas quería, o mejor dicho lo único que quería. Al llegar a la iglesia, con gran júbilo lo esperaba su amigo el parlanchín, y enseguida le entregó una botella de vino para que festejaran juntos, y el bebió para ahogar su tristeza y de nunca beber ese medio litro fue suficiente para acabar con el.
Días siguientes, él despachaba en el anexo de la iglesia en un puesto de carne en dónde no se compraba con dinero sino con vales y anotaba con sumo cuidado en las libretas.
Con su amigo, comenzó a dar discursos en las plazas, y hasta se atrevió a escribir en el periódico. Colaboró para formar las colectividades de campesinos, e ingresó a las fuerzas de la CNT en dónde tuvo una destacada actuación.
El mismo redactaba los comunicados que llegaban del frente de batalla y muchas veces también los leía en público.
Gracias a na nueva economía solidaria pudo mejorar su vestimenta y calzado y por aquellos momentos, a pesar de la guerra civil, nunca faltó comida ni bebida ni ropas a la población.
Estaba contento, y seguro de que ya nunca más en España, un hombre o mujer sería humillado por un “superior” o desplazado por una clase social. Justicia y equidad eran por esos tiempos de lo único que se hablaba en Calanda.
Un buen día su amigo se presentó ante él y con alegría lo invitó a ir a la frente de batalla.
Fueron tres meses de mugre, piojos e inactividad. Ni en la puerta de a iglesia se sintió tan inútil como allí. Todos los días preguntaba cuando sería la batalla, cuando atacaría o serían atacados, sin recibir respuesta alguna.
De vez en cuando un tiro y el zumbido de la bala perdida, sin destino, un insulto desgraciado de un lado que era contestado del otro de la misma manera. Los piiojos, la sed y a veces el hambre eran los únicos verdaderos enemigos.
A los tres meses volvieron y fueron recibidos como héroes por sus amigos y compañeros de la CNT y también por algunos del pueblo.
En tanto se hablaba de otros lugares en dónde la suerte no era la misma y los enemigos avanzaban.
Fue un largo y hermoso sueño, en el que un día, después de largas noches de tormenta, sobrevino la desgracia.
Al despertar, habló con su amigo, se despidieron y salieron.
Se formó frente al pelotón junto con cinco compañeros. Pidió que no le colocaran la venda.
Al levantar la vista, la vio a ella, que había vuelto y sintió como su mirada le recorrían el cuerpo.
En su sonrisa quedó reflejado su amor eterno, en sus retinas aquellos ojos, aquel vestido, aquellos colores tan hermosos, y el peinado encantado.
Esa mirada fue el regalo de su muerte, con ella moría su amor y también la libertad.