Los oprimidos somos muchos, somos la mayoría, apenas tomemos la decisión dejaremos de serlo.

Los cuentos son ideas y ellos contienen lo que deseamos y lo que aborrecemos. Éstas que siguen son las mías y las comparto en este espacio con quienes quieran.

lunes, 18 de enero de 2010

Un amor en Calanda

Había trabajado como peón de campo hasta los veinticinco años. En aquel momento se produjeron dos hechos que cambiarían su vida. Uno fue sin duda el rechazo nunca ocurrido de su amada secreta. Efectivamente el siempre la observó detalladamente, puntillosamente cada movimiento, escuchó sin perderse un movimiento de su boca cuando ella hablaba. Sus ropas no eran las de costumbre, de ninguna manera, ni su madre ni su hermana podrían pagar por esos maravillosos vestidos, por esas peinetas que adornaban ese peinado encantado. Era tan dulce, que hasta en su caminar apenas se podía ver la punta de esos piesecillos que asomaban a través de su pollera en un ritmo que ninguna canción podría alcanzar, con tanta armonía. Siempre que hubiese alguien con él, le advertiría:

  • ¡Deja de mirarla así hombre! -

El siempre aclaraba, el día que eche una sola mirada, apenas, aunque sea de reojo, me atrevo y le largo todo lo que siento por ella.

Pero nunca lo hizo.

Siempre que ella salía de su casa, el dejaba de lado lo que estuviese haciendo, lo que fuera, y se ponía a un costado de su camino, y ella pasaba y el corría de nuevo y volvía a ponerse y ella pasaba de nevo y así hasta tan largo fuese su camino y pudiese hacerlo, esperando aquella mirada.

Pero nunca llegó.

La segunda fue que trabajando en los campos de un señor muy rico y poderoso, conoció a un caballero de aproximadamente su edad y no dejaba de hablarle. Él no sabía escribir ni leer pero de tanto escuchar a este hombre ya conocía dos nuevas palabras: Anarquistas y FAI, y aunque no entendía bien de que se trataba, por educación escuchaba a ese tío que tanto le gustaba darle a lengua.

Después de haber recibido de aquel varios panfletos y unos cuantos diarios, aunque con vergüenza, se sintió en la obligación de decirle su condición de analfabeto, esperando que este se enfurezca, pero no ocurrió eso, sino todo lo contrario, se echó a reír a carcajadas, y palmeándole el hombro, díjole alegremente:

  • ¡Bueno, por fin dijiste algo! temía que fueses mudo o algo así, pero lo que te pasa a ti se remedia muy fácilmente. -

Así aprendió a leer y a escribir, y a comprender mejor de que se trataba el anarquismo y que era la FAI y también la CNT y la lucha campesina. ël escuchaba atentamente todo lo que le enseñaba este tipo, salvo cuando aparecía ella. Allí se acababa todo y salía disparado a ver a su amor secreto. Claro secreto para ella, porque todo el pueblo se daba cuenta.

Inútil fueron los argumentos del tipo para persuadirlo de que deje ese intento, le hablaba de que ella pertenecía a otra clase social, y trataba por todos los medios de influenciar en contra de la dama. Pero era inútil, él estaba enamorado.

Pasaron así dos años, largos muy largos dos años en que se sintió muy atormentado por las dos circunstancias: su amor que nunca le dirigía la mirada y la explotación que lo humillaba día a día cuanto más comprendía de que se trataba el anarquismo y la lucha por la justicia y la equidad.

Cada día le costaba más y más levantarse a la mañana para ir a prestar servicio al campo de su explotador y el dinero que no alcanzaba para nada, y menos para vestirse como el creía que le hubiese gustado a ella.

Fue un día que el capataz tuvo malos modales con él y tragando saliva pensó que no tenía la suficiente valentía para imponer el respeto que sentía que merecía su persona, pero no soportando la humillación, soltó la herramienta que llevaba en la mano y cabizbajo comenzó a caminar sin prestar atención a los gritos de su superior que le amenazaban con perder toda posibilidad de cobrar, incluso lo trabajado días anteriores si se retiraba en rebeldía.

No miró hacia atrás ni una vez, se fue como perro con la cola entre las patas por entre los surcos y ni su amigo el hablador pudo detenerlo diciéndole que debía quedarse a luchar y no retirarse como un cobarde.

Triste y solo en el pueblo, decidió ir a la iglesia y sentarse en la puerta para ver cuando pasara ella. Ahí quedo en silencio como siempre con su gorra en la mano y distrayendo sus ojos y pensamientos hacia cualquier parte sea un insecto insignificante o el cielo y simplemente cualquier movimiento.

A la hora de la misa, tuvo un despertar repentino pensando que ella se dejaría ver en cualquier momento y la gente comenzó a entrar y sorprendido le ponían monedas en su gorra, las que no vendrían mal aunque el jamás se hubiese atrevido a pedirlas.

Con el gorro bien apretado entre sus manos, se dejó ver aquella mujer con su vestido colorido y tan hermoso y sus peinados tan perfectos y era fácil saber que venía por tanta personas que la rodeaban y al estar tan cerca, tuvo el impulso de colocarse en el medio del camino, cerrando la posibilidad del paso, pero mientras lo pensó ella ya había pasado como siempre sin echar mirada.

Y allí estuvo por horas y horas de todos los días su amigo el hablador tratando de convencerlo para abandonase ese lugar y dejara de mendigar aunque él nunca había se atrevido a pedir nada.

Aunque ya su amigo no lo visitaba tan a menudo, de vez en cuando le llevaba algún libro para que leyera en su espera y el lo hacía sobre todo en la siesta que nadie había ya en la calle del pueblo.

Así pasó mucho tiempo en el que había leído tanto que era capaz de dar un discurso anarquista en cualquier plaza, pero su avaricia de palabras y cansancio de lengua no le permitían semejante ejercicio.

Desde la iglesia podía ver muy bien los movimientos que sucedían en el pueblo, y cada día del mes de Julio fue agitado de reuniones y corridas y hasta se escucharon tiros.

Fue un 19 de Julio, que muchas personas del pueblo festejaban y gritaban, cuando los curas abandonaron la iglesia y su amada huía con toda su familia y el corrió algo tratando de alcanzar a ese carruaje, pero sin fuerza como dejándolo ir.

Volvió caminando triste, soportando el llanto interior, había perdido lo que mas quería, o mejor dicho lo único que quería. Al llegar a la iglesia, con gran júbilo lo esperaba su amigo el parlanchín, y enseguida le entregó una botella de vino para que festejaran juntos, y el bebió para ahogar su tristeza y de nunca beber ese medio litro fue suficiente para acabar con el.

Días siguientes, él despachaba en el anexo de la iglesia en un puesto de carne en dónde no se compraba con dinero sino con vales y anotaba con sumo cuidado en las libretas.

Con su amigo, comenzó a dar discursos en las plazas, y hasta se atrevió a escribir en el periódico. Colaboró para formar las colectividades de campesinos, e ingresó a las fuerzas de la CNT en dónde tuvo una destacada actuación.

El mismo redactaba los comunicados que llegaban del frente de batalla y muchas veces también los leía en público.

Gracias a na nueva economía solidaria pudo mejorar su vestimenta y calzado y por aquellos momentos, a pesar de la guerra civil, nunca faltó comida ni bebida ni ropas a la población.

Estaba contento, y seguro de que ya nunca más en España, un hombre o mujer sería humillado por un “superior” o desplazado por una clase social. Justicia y equidad eran por esos tiempos de lo único que se hablaba en Calanda.

Un buen día su amigo se presentó ante él y con alegría lo invitó a ir a la frente de batalla.

Fueron tres meses de mugre, piojos e inactividad. Ni en la puerta de a iglesia se sintió tan inútil como allí. Todos los días preguntaba cuando sería la batalla, cuando atacaría o serían atacados, sin recibir respuesta alguna.

De vez en cuando un tiro y el zumbido de la bala perdida, sin destino, un insulto desgraciado de un lado que era contestado del otro de la misma manera. Los piiojos, la sed y a veces el hambre eran los únicos verdaderos enemigos.

A los tres meses volvieron y fueron recibidos como héroes por sus amigos y compañeros de la CNT y también por algunos del pueblo.

En tanto se hablaba de otros lugares en dónde la suerte no era la misma y los enemigos avanzaban.


Fue un largo y hermoso sueño, en el que un día, después de largas noches de tormenta, sobrevino la desgracia.

Al despertar, habló con su amigo, se despidieron y salieron.

Se formó frente al pelotón junto con cinco compañeros. Pidió que no le colocaran la venda.

Al levantar la vista, la vio a ella, que había vuelto y sintió como su mirada le recorrían el cuerpo.

En su sonrisa quedó reflejado su amor eterno, en sus retinas aquellos ojos, aquel vestido, aquellos colores tan hermosos, y el peinado encantado.

Esa mirada fue el regalo de su muerte, con ella moría su amor y también la libertad.

domingo, 17 de enero de 2010

El celular

La pantalla era a color, podían verse fotos, animaciones e incluso videos. Pequeño, de bolsillo, con todas las funciones: internet, chat, mensajes, juegos, música, agenda, calculadora, en fin, todo. En realidad había costado unos buenos pesos comprarlo, pero valía la pena, había que ver lo que fue en esos días, llamaban los clientes para hacer pedidos, la familia para consultar, los amigos para hacer citas, las mujeres otros tanto, además tenía la ventaja de que me avisaba cada cosa, porque lo fui programando para que a la mañana suene para despertarme, o antes de entrar a algún cliente lo ponía a treinta minutos, cosa que sonara y tuviese que salir por un asunto importante, era mejor que cortar la conversación, porque el cliente puede pensar mal, que uno no le quiere dedicar más tiempo. En cambio de esta forma era mas delicado. A la tarde, cuando eran las seis, que sonara porque tenía que dejar de trabajar.

Este modelo estaba bueno, sonaba diferente en cada ocasión, si era un mensaje sonaba de una forma , pero si era un llamado de otra y si era la alarma otra.

Eso sí, el intercomunicador no se lo daba a todos, no, solamente en casa por alguna urgencia y a mi jefe en el trabajo, nada más, porque sino con el asunto de que apretan un botón y listo, te llamaban a cualquier hora. Un compañero de trabajo tenía uno para trabajar y otro personal, pero me parecía un lío, mejor uno para todo y listo, la cosa era saber usarlo.

La agenda era una cosa aparte, por eso digo que era bárbaro ese aparato, además del nombre y el número podía cargar la dirección y no te cuento nada de que tenía un block de notas, ahí anotaba la deuda de cada cliente, y antes de entrar le pegaba una ojeada, algunos pensaban que yo tenía una memoria bárbara, me hacía reír.

A los clientes los tenía junados, yo sabía lo que le gustaba a cada uno, por ejemplo me acuerdo de Jorge Rodríguez de la papelera, hincha de boca hasta la muerte, yo buscaba el gol del último partido en internet, me lo bajaba y se lo hacía mirar por la pantalla, con el relato de Víctor Hugo que era el le gustaba al tipo. Joda o no joda, pero cuando llegaba a venderle, me hacía pasar a su oficina, tomábamos un cafecito y me hacía el pedido, nada de atenderme en el mostrador, ni mandarme un pinche. En el trabajo me cargaban, decían que yo lo coimeaba al tipo para venderle.

En cambio, a Juarez, el comprador de Molinos, a ese le gustaban las minas, así que antes de entrar me buscaba alguna potra, me la bajaba y ni bien me veía ya me tiraba esa sonrisa socarrona, yo pensaba “te tengo papá”, y otro pedido adentro.

Distinto era con Lea, una mujer ya de sesenta pirulos que se había hecho cargo de la empresa porque el marido estaba mal de salud, para ella tenía dos posibilidades, o le mostraba las fotos de mis hijos cuando eran chicos, o de mis sobrinos, porque la vieja era familiera, sino le daba algún informe de salud, esos que daba Cormillot o que se encuentran en internet y mientras me hacía el pedido, conectábamos el aparato a la impresora.

Bueno en casa también, porque a los pibes los salvé más de una vez con el traductor de inglés, o con el diccionario enciclopédico, o con cualquier información. Me gustaba porque el mayor decía siempre “mi viejo es un libro abierto”, y yo me daba corte con eso.

Lo que más me hizo reír fue el día que fuimos al cine con mi esposa, me olvidé que justo esa noche jugaba Banfield, pero ya había comprado las entradas por teléfono, así que no había vuelta atrás. Nos sentamos y yo, con carpa, puse el aparato entre las piernas, cerré un poquito el saco para que el reflejo no se vea, y miré el partido. Ganamos dos a cero, era con Chicago. Cuando hizo el primer gol, pegué un salto en la butaca, y mi señora extrañada me preguntó que me pasaba si me sentía bien... qué risa. En el segundo me sujeté más.

Lo de la pantalla chica era cuestión de costumbre, con decir que no compré más el diario ni miré los noticieros en la tele, ¿para qué? si tenía las noticias que quería. Por ejemplo antes de hacer alguna actividad al aire libre miraba el pronóstico, si había probabilidad de lluvia, programaba adentro o suspendía para otro día y chau.

Tuve que cambiar varias veces de aparato porque los gastaba, no me llegaban a durar un año, que digo si creo que cada cuatro meses lo cambiaba, y no era para menos si estaba todo el día dale que dale, que comunicaciones, cuentas, mensajes, uf!.

Cómo lo extraño ahora, acá no te dejan tener nada y celular, ¡menos!.

El problema lo empecé a tener porque no podía manejar. Me subía al auto y antes de hacer una cuadra, sonaba. Apurado para estacionar, porque sino capaz que el cliente corta y te perdías un pedido, o era algún familiar que necesita algo, alguna urgencia, uno nunca sabe, yo siempre traté de atender enseguida. Entonces decía, mala maniobra, algún estúpido que no te deja pasar aunque pongas la luz de giro, en fin me ponía nervioso. Igual lo solucioné porque me compré un aparato que se pone en la oreja, es como un audífono con extensión hasta la boca en dónde está el micrófono y con eso podía hablar sin parar. Claro que si era por alguna pregunta, tenía que parar igual para ver la agenda o el block. Pero como decía, el problema es que no tenía descanso, en el almuerzo o en la cena, llamaban. Como tenía el aparato ese en la oreja, aprovechaba para escuchar la radio, porque si ponía la del auto no la escuchaba bien. Y se me fue complicando la cosa.

Los años no vienen solos, empecé a tener problemas en el oído derecho, lo que me costó acostumbrarme a tener el aparato en el izquierdo, horrores. Nunca supe porqué, pero no era igual, se ve que uno es diestro hasta para escuchar, que se yo.

Aunque siempre pensé que todo el problema eran los nervios. Los nervios afectan todo, aunque parezca mentira, uno puede decir: ¿que tiene que ver el oído con los nervios? No sé, no lo puedo explicar, pero seguro que el problema lo tuve por eso. La prueba más contundente fue que usé diez años el aparato en la oreja, y se jodió, pero en esta, apenas un año, un año nada más y se jodió, ¿por qué? por los nervios.

Y claro, me iba a dormir y sonaba, algún amigo que me mandaba chistes al mensaje, cuando no estaba durmiendo plácidamente y sonaba, otro mensaje, mi jefe que me decía no te olvides mañana de pasar por acá o por allá.

Mi señora me hinchaba con que saque el que marca la hora, porque yo lo programé para suene una vez cuando se cumple cada hora, es importante porque así uno estaba bien ubicado en el tiempo, pero ella se volvía loca, me decía que lo apague para dormir, pero no se puede ¿y si le pasa algo a un hijo? no se puede, hay que ser responsable también. Pero ella se enojaba, muchas veces me dijo que me lo iba a tirar.

Ni al baño podía ir, una vez estaba haciendo pis y sonó, no se como hice pero el asunto es que se me cayó al inodoro, tuve que meter la mano, lo saqué rápido y lo sequé enseguida con la camisa, cuando me dí cuenta de lo que hice, me quería morir, que estúpido, tuve que ir a cambiarme a mi casa, pero por suerte lo salvé, ¿qué me hubiese pasado si perdía toda la información que tenía en el aparato? me moría. Así que al final aunque me perdí la mañana, me salvé la vida.

Pero los nervios, ¡ja! uno no se da cuenta pero eso queda, es como una mancha que no sale nunca más y de a poquito se va descomponiendo la máquina, hasta que no te deja pensar más, y eso es lo que me pasó a mi, no pude pensar más. Me ponía sensible por todo, me molestaba todo. Ojo, la gente no ayuda para nada, si uno está leyendo un mensaje y le hablan, ¿que creen? ¿que se puede leer una cosa y hablar de otra? No se puede. También estaba hablando por teléfono y no pueden esperar a que uno termine, y dale con las señas. Como para no ponerse nervioso. Mi jefe también, era impaciente el tipo, yo buscaba una boleta en el celu y el tipo estaba ¿y? ¿no la encontrás? claro yo me ponía de la cabeza, le decía ¡pará viejo! dejáme buscar tranquilo.

Y mi señora se ponía pesada: con ese aparato ni te puedo hablar. Que tenía que ver el aparato, si me llamaban por teléfono. No hay que levantarse para atender, bueno es lo mismo, pero ella no, y me sacaba de las casillas. Además ellos miraban el programa de televisión que les gustaba, yo no decía nada, pero me ponía las noticias en la radio, basta que empezaran para que tengan algo que decir. Claro ella durante el programa calladita mirando, pero en la propaganda, me jodía a mi. No aguanté más y empecé a ir a cenar al club, tranqui en la mesa, nadie me hablaba. Pero llegaba a casa y ella se ponía loca, al final no había nada que le venga bien.

Los nervios son cosas seria, al final te matan.

Siempre traté de hacer las cosas bien, pero contra el destino no se puede. Así fue que empecé a tomar, para no escucharla. Admito que fue un error, pero ella también...

Además se juntó todo, mi jefe me dijo que por el asunto de la sordera a fin de año me jubilaban. Me mató, fue como si me pegaran un palazo en la cabeza. me mató.

Y si, ese día fue mi condena, y empecé a tomar más cada noche y la vieja se ponía insoportable.

Cuando me levanté una mañana y me dí cuenta que me faltaba el celu, me volví loco, le dije de todo pobre vieja. Pero ella, si hubiese tenido otra actitud, hubiese sido diferente, pero no, me daba manija y dale y dale.

Yo le exigía que me lo devuelva, y ella con esa cara de venganza, me decía que ojalá lo tuviese así lo tiraba a la mierda.

Me volvía loco esa respuesta. Seguí diciéndole que me lo dé.

Ella, me decía: hace años que tendría que habértelo tirado a la mierda, fui una estúpida.

Yo la perseguía por todas partes diciéndole: dámelo porque esto va a terminal mal, yo sé lo que te digo.

Y ella insistía: ahora que no lo tenés más, a ver si te acordás de que tenés familia.

Yo no sabía porqué pero estaba seguro que ella lo tenía, y agarré la sartén como para amedrentarla, nunca en mi vida le había puesto una mano encima. Pero ella se paró adelante mío, es como si la estuviese viendo ahora mismo, y con la cara roja, con los dientes como de un perro furioso, me dijo riéndose en mi cara: Me alegro mucho y ojalá no lo encuentres nunca más.

Es el destino, ahí perdí la noción del tiempo y del espacio hasta que sonó el timbre de la puerta y me despertó de un largo sueño, y ella estaba tirada en el piso, y cuando me levanté para atender, me dí cuenta de que había un charco de sangre, iba casi horrorizado de mí a atender el llamado insistente de la puerta, cuando escuché sonar el celular.

¡Que alegría!, me apuré abrí la puerta y era el mozo del club que me lo traía.

Ricardo Rowies.